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domingo, 13 de marzo de 2011

¿Conoces a tu hijo? (Post Invitado)

Una amiga con la que comparto reflexiones sobre la educación y desahogos me ha hecho el favor de escribir lo que le acaba de pasar con su hija como post invitado. Aprovecho para animaros a quienes queráis compartir algo a que hagáis lo mismo. No sólo de comentarios viven las reflexiones :)

Gracias, niña.

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Soy una "madre canguro". Paso todo el tiempo que puedo con mis hijos. 
Si pudiera, ese tiempo sería mayor aún. Aunque puedo decir que las únicas
horas que no paso con ellos son las que se enmarcan en el horario escolar.
Juego, bailo, leo, pinto, hablo con ellos.  No digo que sea una madre perfecta, 
pero sí que soy cercana, "achuchona", y que pongo todo lo mejor de mí.

Pero con todo y eso, llegó un día que mi hija mayor pareció pegar un cambio impresionante. 
Una niña buena, cariñosa, tranquila, pacífica, muy unida a mí, y de pronto una ira enorme la invadía 
y así se expandía. Se rebeló contra los deberes, contra estudiar
para los exámenes. Escribió mal a propósito, sacó malas notas. Se enfadó mucho
por todo y por simplezas. Exageró en su enfado contra el mundo. Y contra mí también.

Una vez leí un breve artículo titulado Padres detectives en el que hablaba sobre 
los padres que, ante un problema de sus hijos, lograban descubrir su causa, volcando en ello lo mejor de su
inteligencia intelectual y emocional.
Con el estómago encogido cada día, porque se trataba de mi niña, me lo tomé con mayor
dedicación que la investigación para una tesis doctoral. 
Leí bibliografía, indagué posibles causas. Valoré causas fisiológicas, emocionales, de contexto.
Fui desde la posible pubertad anticipada, una adolescencia precoz - edad-del-pavo-antes-de-tiempo, 
hasta un posible estrés  por demasiados deberes, exigencias y estudios. 
Pasé por sopesar un entorno competitivo, una niña con mentalidad todavía infantil, sin entender nada, en medio 
de otras demasiado adultas para su edad.

En paralelo con eso puse en práctica estrategias encaminadas al control de los enfados, el encauce
positivo de la ira, relajación respecto del entorno competitivo, subirle la autoestima, darle mucha más compañía
refuerzo del comportamiento positivo y hacerle ver buenas ventajas (no materiales) de ser grande y mayor. 

Me presenté varias veces en el cole en horas de recreo para observar, exploré, hablé con la profesora, hablé con mi niña,
intentando buscar una causa, busqué a través de las madres de sus amigos lo que otros niños tuvieran que contar.
Y, finalmente, la recompensa llegó y vino tirando de la lengua de ella misma, y vino a la misma vez contado
por otros niños. Encontré a mi hija en medio de la agresividad física y verbal
de un niño y algunos "acólitos". La encontré con la autoestima destruida por sus burlas, con la
timidez exacerbada por el ridículo al que podía someterse. La encontré enfada con su entorno por estar 
desprotegida ante todo eso, enfada consigo misma por no saber salir de la situación, rebelde contra 
toda forma de control de su persona. 

Me sentí feliz sólo por el hecho de saberlo y de que ella supiera que yo lo sabía. Ella se sintió feliz
porque yo lo supiera, porque lo hayamos hablado con su profesora, por sentirse apoyada en todas partes.

Y ha sido como si hubiera empezado a salir el sol otra vez después de la tormenta.

No digo que todo ha terminado, el camino que ya habíamos andado, tendremos que seguir con él, las medidas
tomadas deberán seguir dando frutos. Será con paciencia, pero con alegría de saberse no dando palos
de ciegos y de ver la recompensa en la sonrisa que ilumina todo el rato la cara de mi hija.

Con esto una recomendación a todos los padres para emplearse a fondo, como decia antes, volcar todos
sus recursos, su inteligencia emocional e intelectual, confiar en su instinto, no darse por vencido.
Estoy convencida de que el tiempo, el mucho tiempo y de mucha calidad, que he pasado siempre con mis hijos
me ha ayudado en esta situación, porque confío en lo que sé sobre ellos, en lo que los conozco, 
y confío en la fortaleza de  su relación conmigo. Este es el amor con mayúsculas. 

miércoles, 2 de febrero de 2011

Perdona que no te haya comprado una piruleta

A la entrada y la salida del cole se ven muchos modelos de padres y muchos modelos de hijos. Los hay que llegan caminando tranquilamente de la mano, los hay que bajan del coche a gritos, los hay que entra el padre y al rato el hijo... vamos, de tó. Hace unos días, a la salida, una madre cogió en brazos a su pequeño (de unos 3 años) para ir hacia el coche. En el trayecto, el niño pregunta "¿Me has traído una piruleta?". La madre responde "Ay, es que no he podido". Sin mediar palabra, el niño abofetea a su madre. Tal cual. Aprovechando que le queda cerquita porque va en brazos. Con la manita bien abierta. La madre responde con una tímida sonrisa "Pero he comprado pan, que te gusta mucho".

miércoles, 5 de enero de 2011

Economía comportamental

Muchos educadores abogan por los sistemas de puntos y de caritas sonrientes y tristes para dirigir el comportamiento de un niño. Igual que con "la silla de pensar", los abogados de estos sistemas se basan en el éxito de los mismos. La idea es que cada vez que el niño muestra el comportamiento que queremos que se repita, se le da un premio (una carita sonriente en un cuadrante, un privilegio, un regalo...). No difiere mucho de lo que se hace con los perritos cuando se les está entrenando: caricia en la cabeza, palabras cariñosas, un hueso... Todos los practicantes afirman que funciona.

Sin embargo, existe toda una corriente en contra de esta economía de caras y premios que, al ser minoritaria, se ve obligada a defender su postura con algo más que un simple "esto funciona". La idea es tan sencilla como que estamos creando una dependencia externa de reconocimiento. Si, por el contrario, enseñamos al niño a estar orgulloso de sí mismo o avergonzado de sí mismo por sus actos, el comportamiento deja de depender del exterior y se repite incluso a espaldas del administrador de los puntos.

Cuando mi hijo en la mesa me dice "mami, no mires", ya sé que va a meter los dedos en el plato, o que va a hacer pompas en el vaso, o cualquiera parecida. Yo le sigo el juego, porque sé que está demostrando que sabe lo que debe y lo que no debe hacer. La tarea pendiente es que, aunque yo no mire, consiga frenarse y no hacerlo. Está claro que, para él, esas normas son impuestas y no tienen sentido. Por otra parte, jamás me ha pedido que yo no mire para tirar abajo la estantería del salón. Esa norma está asumida, tiene sentido para él y el comportamiento adecuado sale de dentro esté o no esté yo presente.

Cuando un niño de 4 años tiene el comportamiento dirigido por unas pegatinas, es fácil que siga el camino marcado. Las amenazas de "no hay pegatina" son suficientes para frenarlo. Cuando ese niño llega a los 10 años, la inflación ha hecho que los comportamientos vayan siendo cada vez más caros: La wii si apruebas matemáticas; un mes sin tele si suspendes. Y, si la cosa sigue torcida, a los 16 años, ¿ya sólo queda la posibilidad de echarlo de casa? Conozco varios casos de universitarios que no se hablan con sus padres (curiosamente, suele ser con el padre). Para no echarlos de casa, los condenan al ostracismo. Supongo que no encuentran un castigo mayor que no les cree remordimientos.

Creo que los educadores debemos hacer todo lo posible para que los comportamientos adecuados salgan de dentro, sin mezquindades. Es un camino mucho más tortuoso que un cuadrante en la puerta de la nevera. No hay recetas "que funcionen" a corto plazo. Es mucho más difícil de explicar a los más pequeños... pero, a la larga, estaríamos garantizando que esos niños serán, además, ciudadanos más responsables, lo que es interesante para toda la sociedad. ¿Os acordáis de aquel anuncio de un señor en un semáforo que decía "Nadie me ve... ¡este me lo salto!"? O les enseñamos a avergonzarse de sus faltas y enorgullecerse de ellos mismos, o les hará falta un radar en cada instante de su vida, un gran hermano que premie y castigue. Creo que merece la pena intentarlo.